MArina
Conocí a Marina una mañana que volvía de mi jornada diaria en 2005, al visitar a un administradora de fincas:
-Buenas, soy Aitor, abogado.
-No, no, yo soy el abogado
Esa administradora me consultaba temas jurídicos, yo que estaba metido en el mundillo. Y Marina trabajaba en su momento con ella.
Las consultas jurídicas me las realizaba muchas veces a través de Marina, así que empezamos a mantener una miniconversación paralela en los mails, hablando sobre el trabajo.
-La mano que mece el típpex.
-Los microórganos de la Junta me están tocando las narices.
-Hay algo muy sucio en las facturas de limpieza del Sinaloa.
Inevitablemente, y tras varios intercambios de estatus en gmail, ella accedió a ir a una tetería una noche de 16 de octubre.
El flechazo llegado un cuerpo a cuerpo más pausado entre una gijonenca y un bilbaín fue inevitable. Específicamente, gracias a un momento “pirámide de Maslow”.
Nos fuimos a vivir juntos dos semanas después. A ella le gustaba mi cama y a mi me gustaban sus abrazos. Éramos demasiado vobinos como para no hacerlo.
Ella conoció el Burgos de segunda vivienda, yo conocí el Cudillero del Doctor Mateo, a donde seguimos viajando numerosas veces.
La boda fue obligada, que no obligatoria, con todo lo que los dos queríamos por aquella época, aunque en el futuro hiciésemos algo más alocado o fastuoso.
En un momento del tiempo decidimos tener un pececito: M. O. M.
Fue un embarazo dulce, y una bebedad del niño demasiado breve. Con dos años, el niño pudo empezar a cuidar de sus padres, así que la casa de Bilbao donde vivíamos se nos hizo pequeña. Pedimos una hipoteca a largo plazo y nos compramos un disco duro de viaje y una tienda de campaña.
Y ahora vivimos en Torrevieja, jubilados de la urbe, bañados por la universalidad de la isla perdida de culturas y ranciedad más irredenta que se pueda uno encontrar por la piel de estos dos toros (uno de abril y otro de mayo, todo hay que decirlo), sabiendo que ni el sol ni el agua van a faltar en este periodo mágico y tranquilo de nuestra vida.
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JRRT no la podría haber levantado mejor: Un Mago en Torremar, el Acta
Frente a las costas de Eressëa se levanta gélida y sesentera La Gran Torre: El Edificio Terramar en la Costa de la Mata.
Mis primeros contactos neuronales con esta torre fueron de tres tipos:
-Visuales (qué fea que es).
-Orales (Peter y su juicio donde no supo apagar el móvil; desacato al canto).
-Físicos (un antiguo presidente y su hija opositora a Judicaturas)
Hasta las profundidades de este edificio en ruinas tuve que arrastrarme una tarde para ejercer de espía, a lo Gandalf en Dol Guldur, pero con sillas de alquiler.
Por partes.
Hay sábados que a uno le gusta pasarlos plácidamente en la oficina, papeleando, intentando dominar el mundo, a solas.
Y otras en que mi condición de abogado M5спални me conduce a un garaje largo, húmedo y oscuro, lleno de criaturas de otro tiempo.
Llegué tarde, como siempre me pasa cuando se me olvida que la teleportación está en fase beta.
“M y R están en la puerta”- me dice la directora de juego a través de una nota que me pasa por detrás de la pantalla de juego.
“¿M y R Me escoltarán? ¿Me meterán en un saco para que no me vean la cara las criaturas de la oscuridad?” No lo sabía, es la primera vez que iba.
Al final aparecí sudoroso, cargando el equipaje y antes que sentarme encendí el ordenador. Era necesario captar toda actividad hectoplásmica desde el principio.
Y el primer hechizo me lo comí de plano:
-Toma, Ferdinando, un vaso de agua.
No lo vi llegar, pero me convirtió en lo que era, en un tauro de los pies a la cabeza, en el arquetipico Ferdinando.
Desde luego, la Máster me tenía bien estudiado el perfil psicológico.
Para mantenerme en el papel de manso amanuense taquígrafo detector de mentiras y desfacedor de entuertos me siguieron lanzando vasos de agua.
Y empezó el festival del humor, el banquete de orcos, la última junta, el Torrevejuna todos a una.
Chascarrillos, insultos, sandeces, aplausos… el teatrillo del siglo XVI en el firme de un garaje… todo quedó reflejado en un Acta antológicamente rápida de levantar. Bueno, la gente se levantó antes que ella.
Pero es un Acta que se reproduce por momentos, por instancias necesarias, por versiones de los hechos, por puntos y comas no deseados, por abortos de opinión, enmendada por el escrutinio de la MAestra que mece el típpex bajo la mirada de personas que bordean su propio CI.
Todo aquello acabó de la manera más esperada para los habitantes del centro de la Península. Al igual que una película del Destape, pero sin Ozores tartamudeando (aunque sí inspirando el momento).
Salí por patas (no escoltado por la Guardia Civil, como aquel entonces), debido a que el nivel de hechizos arrojados sobre mí era tal que tenía partes de mi cuerpo que aspiraban a independizarse de no atender sus súplicas.
Todo acabó pacíficamente en la calle Benacantil bajo la luna llena junto a un árbol de plata élfico, donde tenía aparcado el coche.
Dicen que Gandalf tuvo que volver una segunda vez, es más, que estuvo varias, disfrazado de mendigo.
Toda la vida estudiando Derecho y Judicaturas para acabar así, me diría la Presidenta de Lomas Playa 2, panaderera a la sazón.
Con la vaina, Señoría, esto mola mucho más, donde va a parar.
“Alicantino, borracho y fino”.
(Proverbio murciano, digo yo)
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La caprica Costamarina se sale con la suya
Aitor R. Giskard, el lector de mentes, sigue avanzando en su labor de insensibilizarse de los problemas que le vienen, en su profesión y en su vida. Como tauro (de sol y ascendente) su sentido práctico raya el suelo de lo mundano que es.
Si la oposición a judicaturas no le había curtido ya, el trabajo actual le conduce a que los problemas sean vistos únicamente como deficiencias de código fuente del mundo que simplemente hay que depurar. Sí, a lo Mátrix, si quieres quedarte más tranquilo con la comparación.
Llegados al punto temporal actual de la integración con la profesión en el que se encuentra nuestro R., las tres leyes de la Administración de Fincas se imponen en la impartición de justicia comunitaria:
1. Un Administrador no debe dañar a un vecino o, por su inacción, dejar que un vecino sufra daño.
2. Un Administrador debe obedecer las órdenes que le son dadas por un vecino, excepto si estas órdenes entran en conflicto con la Primera Ley.
3. Un Administrador debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Ley.
Es lo que vendría correspondiéndose con el lema “su pequeño problema es para nosotros un problema de importancia”
Pero, claro, al igual que las pequeñas sociedades civiles que se convierten en grandes Estados tecnocráticos, los parámetros a los que se ve sometido un robot Administrador de Fincas se complican con el tiempo, añadiéndoseles excepciones y contraexcepciones por tutatis.
En ese momento surge como Norma Suprema la Ley Cero de la Administración de Fincas:
“Un Administrador no puede causar daño a la Comunidad o, por inacción, permitir que la Comunidad sufra daño.”
Ley que sería correspondiente a “pide lo que quieras, que yo haré lo que me dé la gana”.
Porque a eso conduce realmente la destilación del Derecho Civil, primitivo en su origen en su aplicación entre personas físicas, y recibido por las alas del Estado, a la cosificación de las personas/propietarios/afectados/interesados.
Ojo, no nos engañemos, que esto también conlleva al incremento de la comodidad personal en un Mundo Felix, y al punto final deseado en que las Comunidades estén más saneadas y limpitas.
Es por esta visión tan global, que la pérdida de Caprica, en el municipio de Orihuela Costa, no supusiese tanto trauma. Y menos dejar el coche allí con las ruedas bloqueadas por algún azar del destino inglés que rige esa zona.
La semana que viene Aitor F. Ged os narrará la guerra de titanes en Un Mago en Torremar.
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La Metamorfosis del i-Houdin
Houdin 2.0 popularizó La Metamorfosis, el truco de cambio de estado y de posición entre dos personas. De atado en un baúl se pasa a de pie y sin ataduras.
Es el acontecer de la vida. De circunstancias protectoras y opresivas se pasa a una autonomía de siempre ansiada. Nacer, crecer, reproducirse y morir.
Eso es lo que hice algún tiempo, cuando abandoné los lentos caminos a la Torre de la Locura, cuando opositaba.
Supe que yo había sido el ejemplo más extremo de La Metamorfosis. Y me di cuenta de que nadie espera volver al estado anterior, y de que la liberación es progresiva e imparable. La libertad te espera, luego es lógico que se deje de creer en valores que no casan con el Mundo Sensible, creándote si persistes una esquizofrenia progresiva.
En la Torre de la Locura, entre otras cosas, nos creemos que el mérito y la capacidad son los que rigen esta vida, y que tener derecho es que un papel te lo reconozca por escrito, y poder reclamarlo en un tribunal.
La Torre de la Locura está a lo lejos, en un pasaje escondido entre escenas de la segunda parte de La Historia Interminable. Y uno se cree que no la va a volver nunca, cuando sufre la crisis existencial de los veinte años.
Hasta que en las noticias me encuentro con las aspiraciones del Mérito y Capacidad que esconde La Torre de la Locura.
Me horrorizo. Y sé entonces que Madrid va a perder.
Que el llano lleno grandes piedras que es Madrid no tiene nada que hacer en los Juegos Olímpicos.
Se ha hecho todo lo que se ha podido, el esfuerzo es máximo, la ilusión culmen… ¡se lo merecen, coño!
Madrid se quedará en el corazón de la piel del tauro, desconocida y fría.
La Periferia es la que tiene la fuerza.
Me doy cuenta de que La Torre de la Locura sigue por tanto en la lontananza, si miro por la ventana, y estará en más sitios donde menos me la espere.
No me puedo descuidar, no puedo volver a caminar hacia allí. Ya fui opositor.
No obstante, la gente sigue caminando hacia La Torre de la Locura incluso cuando tocan las campanas de llegada a la fase de la reproducción del ser humano. Cuando más Sensibles debemos ser, más realistas.
Y por eso la Locura llega a la mayoría. Los viejos son locos; los viejos locos.
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